A las cuatro de la tarde de un mes de julio en Madrid, el calor casi derrite las fachadas de las casas. Un sol inclemente golpea de lleno los ladrillos hasta hacerlos parecer incandescentes.
Y allí estaba ella, con el balcón abierto de par en par, haciendo partícipes de su vida a los escasos viandantes.
Una mujer de cabello castaño y largo se peinaba concentrada en el reflejo que le devolvía el espejo colocado sobre el tocador. Vestía un camisón, o quizá un vestido ligero, blanco y de tirantes.
Yo esperaba a mi madre en la acera, aprovechando la sombra de un árbol, y su imagen, en el primer piso, captó mi atención.
No podría decir si era guapa o no, ni calcular su edad exacta, porque solo alcanzaba a ver una parte de su rostro. Pero cepillaba su cabello con una cadencia hipnótica, con la mirada perdida en un espejo al que, en realidad, parecía no prestar atención.
Sus pensamientos atraparon los míos.
¿Qué la mantenía en aquel estado cercano a la clausura?
En una novela negra, su mente podría estar recreando el instante exacto en que había dado muerte al que fuera el hombre de su vida, el mismo que le había destrozado el corazón. Y, durante aquel momento robado a su intimidad, esperaría paciente la llegada de la policía para detenerla.
En una historia de amor, estaría intentando comprender cómo el hombre que le había arrebatado la cordura se había marchado para siempre, mientras su corazón se negaba a aceptar el abandono.
Hay personas a las que solo vemos una vez y que, sin embargo, llaman nuestra atención hasta conseguir que les inventemos una vida entera.
En esos momentos previos todavía no escribes.
Observas.
Y después eliges.
Necesariamente tienes que decidir qué mujer será la protagonista de tus páginas porque, sin saber nada de ella, puedes convertirla en cien mujeres diferentes. Pero cada historia solo admite una protagonista, y eso convierte al escritor en un cercenador de posibilidades.
Escribir no consiste únicamente en tener ideas, sino en tomar decisiones.
¿Por qué te fijaste en ella y no en el vecino de arriba? ¿Por qué decidiste convertirla en la culpable de un crimen en lugar de en una enamorada desgraciada?
Quizá mañana vuelva a mirar ese balcón y la mujer ya no esté.
Pero, para entonces, puede que haya empezado a existir en otro lugar.
Y ese otro lugar es tu novela.



