Hay lugares que empiezan a existir mucho antes de estar terminados, germinan en nosotros casi sin que nos demos cuenta, fortificándose en nuestro interior a pesar, incluso, de nuestras reticencias.

Durante todo el mes de agosto, detrás de una puerta en el centro de Madrid, el polvo y los escombros han ido adueñándose de lo que, hasta entonces, había sido nuestra pequeña oficina. No me refiero únicamente a cascotes de yeso, cables eléctricos o restos de tuberías, me refiero también a esos otros despojos que, poco a poco, van conformando cada vida. Escombros formados por ideas olvidadas; por proyectos que salieron mal o por temores que nos ataron a un presente que, en el fondo, no queríamos seguir viviendo.
En mitad de esa momentánea desolación se percibe una paz peculiar, la de todo aquello que empieza. Un espacio vacío que te invita a la reflexión, a mirar hacia ese interior que el ajetreo del día a día nos permite olvidar. Un silencio que nos enseña a imaginar lo que podría ser. Porque tenemos delante un futuro que solo depende de nosotros y de nuestras decisiones. Esta reforma se convirtió en el primer paso para algo más grande: un cambio de rumbo.
Nos vimos inundados de cajas de cartón con pertenencias amontonadas y plantas a las que cobijar en otro espacio, a salvo de cualquier daño, entre ellas el “mini poto”, ese esqueje que plantamos mi compañera y yo sin muchas esperanzas en un tiesto enano y que, milagrosamente, ha hincado sus pequeñas raíces en tierra y crece, camino de emular a su hermano mayor.
Fue una decisión casi providencial. Llegaba el mes de agosto y Madrid se relajaba, acompasándose por una vez a la cadencia de esta estación estival, cálida y melosa. Teníamos solo un mes para que nuestra imaginación cobrase vida, arraigada entre las cuatro paredes de nuestra oficina. Y va por buen camino.
A kilómetros de nuestra querida Madrid, nosotros le dábamos forma a otra reforma menos visible: empezamos a construir Antesala.
Y no es solo una editorial. No es únicamente un nuevo espacio. Antesala es la visualización de un anhelo que nos susurraba desde hacía años y que nos arrolló hace pocos meses, impidiéndonos seguir ignorándolo. Yo tenía mis escritos e Ignacio sus fotografías, dos miradas diferentes del mismo mundo que hemos ido recorriendo juntos. Dos expresiones de una realidad que, en no pocas ocasiones, pasa desapercibida, pese a su belleza infinita, proscrita por las prisas, los agobios y las obligaciones que asumimos y que, en el fondo, no queremos asumir.
Pero, de repente, echar abajo nuestra oficina, sentarnos en mitad de un suelo lleno de polvo, rodeados de herramientas, sacos de yeso y pintura, nos hizo ver que otro inicio era posible. Otra vida era posible. ¿Y por qué no ahora?
La literatura necesita tiempo. Surge de una vivencia; de una historia escuchada cualquier noche rodeado de amigos, y se va posando en algún lugar de nuestra consciencia, hasta que se transforma en signos tecleados en un ordenador o en palabras emborronadas en un cuaderno.
Las grandes decisiones de nuestra vida necesitan tiempo. Pero siempre llega un momento en el que hay que decidirse. Se impone echar abajo lo que has sido hasta ahora para poder renacer. Y el cambio siempre da miedo. Ese cosquilleo en la boca del estómago que te advierte de las consecuencias de un error de cálculo. Pero lo que yo sentí no fue ese cosquilleo. Fue otra cosa. Sentí la certeza absoluta de que no me equivocaba; sabía lo que me hacía feliz, la única decisión sensata era seguir adelante.
Por todo esto, el primer número de septiembre de La Gaceta empieza entre escombros.
Porque, antes de enseñaros el resultado, queremos enseñaros el camino.



A veces intentamos crecer donde no hay espacio hasta que nos damos cuenta de que hace falta destruir y dejar cosas atrás para hacer hueco a lo nuevo. Los escombros son una buena confrontación con esa realidad; además de un buen recordatorio de que todo lo bueno se construye de la nada. ❤️